Lo conocí hace 49 años, cuando llevé a La borde a una persona a la que él iba a tratar. Me lo había presentado una señora acupunturista, amiga suya de larga data, que no paraba de protestar: «¿¡Pero cuántos años más va a seguir yendo al diván de Lacan!?». De hecho, cuando nos hicimos amigos, él me contó que fue hasta el día en que Lacan empezó a hacer muecas, de manera repetida, de una sesión a otra. Entonces lo dejó, juzgándolo incapaz de escuchar.
Jean Oury no era lo que se llama un lacaniano; lo que le importaba era atrapar al vuelo palabras, conceptos, donde fuera —en Lacan, Heidegger, Maldiney, Szondi, etc., al igual que en los pacientes— y amasar todo eso, «retomarlo» de otra manera, para hacer con ello una especie de membrana lingüística que alimentara su palabra y su experiencia cotidiana al encontrarse con los enfermos.
Era un artista del encuentro, tanto como de la prescripción de sutiles dosificaciones. Cuando uno decide, como hizo él, encerrarse con los «locos» y cuidar de ellos —es decir, formar a cuidadores y equipos capaces de vivir ese encuentro, cada uno a su manera, y de confrontar la locura como estado límite de lo humano—, es una precaución vital poner en marcha un dispositivo semejante que irrigue el propio lenguaje permanentemente y ayude a pensar en una lengua viva, aunque ese lenguaje arrastre conceptos (también los «acarrea» o «toma el pelo», en el sentido de no tomárselos demasiado en serio); les hace cosquillas en el borde; y puede permitírselo porque tiene la experiencia cotidiana, física y gestual, que sirve de prueba... Se trata de una dinámica simple y abierta: atrapar palabras al vuelo, investirlas en lo cotidiano, el cual, por su parte, no cesa de reclamar otras palabras más advertidas, atraparlas al vuelo para volver a investirlas allí, etc. Esta maquinaria ayuda a sostener un desafío que muy pocos aceptan: pensar en acto, en el vivo de lo que pasa o de lo que le cuesta pasar.
Al poco tiempo, vi con sorpresa que estudiaba textos míos bastante complejos, del tipo Transfini et castration [Transfinito y castración] o Le groupe inconscient [El grupo inconsciente] —del cual él fue uno de los estimulantes, ya que a fuerza de verlo navegar del club a reuniones, de un grupo a la asamblea, y a fuerza, al mismo tiempo, al ver la delicuescencia de la École freudienne, me dejé imponer por lo cotidiano, a mi vez, una reflexión sobre el grupo como dispensario de inconsciente; lo dispensa a quienes lo necesitan, y a quienes no pueden permitírselo, los dispensa de él.
Por él conocí a Deligny, que tenía siempre el aire sombrío y salvaje de aquel que se ocupa en solitario de niños con reputación de salvajes; ¿era él como ellos? ¿o los tomaba como él? Estaban en una simbiosis tal… Y a Fernand Oury, quien en nuestras caminatas por la montaña, mientras jadeaba por la pendiente, me transmitía esa sabiduría que había recibido: en caso de un gran problema, hay tres cosas por hacer: aferrarse bien a la baranda, dejar que las cosas sigan su curso y recordar que hay cosas buenas en la vida... Y cuando nos sentábamos a comer, él lo ilustraba: «Mira, cosas como el salchichón seco». Descartes también aconsejaba a la princesa Isabel, que estaba deprimida, recordar las cosas buenas que le gustaban. A esta revelación la llamo: la existencia, para nosotros, de puntos de amor en el ser, en lo posible. Pero, a esos puntos de amor, hay que poder encontrarlos.
Oury también me hizo conocer a G. Pankow, esa gran osa astuta y generosa que tomaba a los psicóticos cuerpo a cuerpo con su «estructuración dinámica», y si no se enderezaban gracias a esa otra maquinaria que los sacudía por dentro, es que realmente no querían. La mayoría quería. Al ver a Oury y a Pankow, estuve convencido de que si un gran enfermo mental pasa tiempo regularmente con un ser lúcido que le entrega su presencia y que asume el encuentro —no el cara a cara de un encuentro frontal, ni el recurso del diván que lo elude, sino un encuentro próximo donde dos cuerpos y almas «se» hablan lado a lado e intentan sostenerse frente al ser—, ese enfermo no puede sino mejorar. He tenido la experiencia más de una vez, notablemente con una anciana demente que ya no reconocía a los suyos; quien al cabo de una semana de encuentros cotidianos en los que yo le hablaba de lo que me venía en mente, en un estilo narrativo, como si ella fuera mi analista mutista y cascarrabias, lanzó una petición precisa, compleja y sensata dirigida a los suyos.
Siempre había relato, narrativa, anécdota en el discurso de Oury; lo narrativo tiene un efecto portador, que puede transmitir una especie de confianza en la idea de que uno mismo puede entrar en una historia, incluso en la propia, ¿por qué no?
En suma, los psicóticos pueden empujar a los normosados a renovar su lenguaje empapándolo en lo vivo de la historia, a repensar su modo de presencia —ante sí mismos, ante el otro, ante el mundo, ante el destino—; a intentar asumir el acto del encuentro —o su prueba— con seriedad y ligereza. Esto implica encontrarse a uno mismo y buscar al otro al mismo tiempo que este se busca, allí donde quizás no él sabe que se espera o que se evita.
Aquellos que leen o escriben para vivir y hacer vivir a su alrededor están en mejor posición que quienes leen o escriben para repetir en su nombre lo que otros ya han dicho. Aún cuando haya lugar para todos, para los sinceros y para los mentirosos.
Este tema del encuentro que, en Oury, estaba en el orden de las cosas, en lo ordinario tal como él lo abordaba y como debe ser abordado, se revela tan recurrente que parece ser el síntoma más frecuente: la dificultad de las personas para encontrarse con su vida, para encontrarse con lo que tienen ante los ojos, sin hablar de ellos mismos. Recuerdo a un psicoanalista, muy conocido en su época, que me visitó en la montaña; no me dijo más que banalidades y concluyó al irse: «¿Conoces gente por la zona con la que se pueda hablar? ¿Gente con la que nos podamos encontrar?». No se había dado cuenta de que yo estaba ahí, bajo sus narices, dispuesto a encontrarme con él y a hablar.
Una anécdota para concluir; fue hace cuarenta años, yo me estaba instalando y necesitaba un préstamo para completar la compra de un lugar. Se lo pedí a Lacan, después de una larga sesión en la que le expliqué matemáticas (que nunca comprendió realmente porque buscaba El Matema del inconsciente... sin querer aceptar que es todo el no-saber [l'insu] matemático lo que hace sus veces). Me respondió: «Pero, mi querido, no puedo, todo mi dinero está invertido [placé]». Le dije:«¿No puede desinvertir una pequeña parte?». Respondió: «Es imposible». Luego llamé a Oury; respuesta: «Voy a ver...». Dos días después, tenía tres cheques por la suma requerida: el suyo y otros dos; les había pedido prestado a sus amigos.
Oury formaba parte de mis «puntos de amor en el ser».
https://danielsibony.net/memoire-de-jean-oury/