Presentación Para no Morir Tan Sola (Claudia Rodriguez)



Claudia Huergo

Estamos aquí reunidos para hablar del generoso poto de la Claudia Rodríguez. Claudia, ventrílocua de su poto cavernario, ese que sueña con darse un paseíto por las Europas tirándose uno wuenos peos, ese que cuenta la historia política de Chile desde las perspectiva de los cuerpos que fueron dados a ser deseados y odiados pero no reconocidos, de las vidas que se consideran desechables, humus de las que están hechas las otras vidas, las que sí, las que todo bien.

Ella, ahora, en este nuevo poemario: “Para no morir tan sola” nos deja el retumbe de una buya, de la que ella misma se hace, a falta de otros, a falta de conectividad, desde la cuatro paredes de su departamento, desde la ventana donde mira el silencio y la soledad pandèmica de su ciudad, desde la vigilia a esa vida de su madre que se apaga, a esa vida que ya no tenía gracia si no podía comer tortas, pan amasado, cazuelas, empanadas, frutas. Desde el viaje en ascensor que la lleva hasta la placita donde van con la Marylin, la perra a la que le explica cosas, la Marilyn que tiene que saber las cosas del mundo aunque no sea de este mundo. Como la otra, la Monroe.

Claudia hace mundo cuando ficciona su propia muerte, pero no lo hace como lo hacemos el resto de los mortales de neurosis mirando, por el agujerito de nuestro fantasma: quién va a llorarnos. Ella no. Ella amplifica con esa ficción el tipo de preguntas que se hacen los antropólogos a través del estudio de utensillos, tejidos, piel, músculos, huesos, vísceras, bacterias y microorganismos. Unas vidas que despertaran interés, pero sólo después de muertas. Un diálogo con los vapores, con la fetidez, un culo que seguiría hablando unos huesos que seguirían claqueando clac clac clac casi como pulseras, distintivos o adornos.

Allí, en esa cosa de todos los días está la politicidad de sus textos. La politicidad de sus textos no está hecha de consignas ni de denuncias: La des vergüenza de Claudia es hablar de la vergüenza. Esa es su politicidad. En su texto presta voz a las voces avergonzadoras y a la voces avergonzadas. Por eso dice que habla sola. Pero no habla sola. Lo sé, porque mi tía loca hacia lo mismo: se encerraba en el baño, a hablar las voces del mundo. Supongo que lo hacía así, para tener un poco de intimidad. Esto a mi familia le daba, risa, vergüenza, y también bronca. A mí me daba interés. Ya no ando pegando la oreja a las puertas de los baños, pero a veces siento que leo así. Por eso sé que Claudia no habla sola. Retumba, si, cuando habla, cuando escribe, el origen colonial y patriarcal de la vergüenza.

Si antes en otro poemario claudia hablaba de lo espectral, de una travesti como una aparición, aquí no. Aunque los huesos sigan irradiando una luz, y podamos explicar el fenómeno químico de la luz mala, lo que fosforece aquí es otra cosa.

Su magia son otros destellos, quizá los que podemos avizorar en sueños, cuando otra vida asoma sobre esta vida tan opaca, tan atenuada, tan llamada a la calma, a la normalización.

Eeella, la poeta, la pretenciosa, la que puede hacer que la poesía hable de porquerías, de las conversaciones de todos los días, de los problemas que la aquejan a ella y a sus amigas, que si el éste le pega, que si el otro le roba.

Porque si la pregunta es: ¿de qué tenemos que hablar las travestis?, no es para pedirnos una opinión, (tan dados como somos a opinar de todo). No nos pide nada, y a cambio de nada nos responde con un mapa de fuerzas, esas entre las cuales ella se mueve, un termómetro de su grado de exposición a la desaparición. Ella nos da ese mapa para que nos orientemos, porque son fuerzas y grados que no podemos sentir en la medida en que somos parte de esas mismas fuerzas que la callan, y nos callan. Eso que tendemos a negar, bajo la naturalización de que el derecho a la palabra, o el derecho a la escritura, o el derecho a la vida, nos abarca a todxs por igual. Y no.

Es como si el mismo el titulo de su poemario “Para no morir tan sola” contuviera encriptado un mensaje, que justamente está oculto por estar tan a la vista. Entonces, hay que hablar de la muerte.

Hay que hablar de la muerte para que no te digan te lo dije, en la disco y en los paseos. Te dije que eras mala porque siempre pensaste únicamente en tì. Te dije que llegaría tu castigo porque nunca tomaste una buena decisión. Te dije que te lo tendrías merecido porque nunca supiste amar, tanta mentira se paga, tanta desvergüenza, tanto mariconeo (…) siempre habrá quienes digan de una travesti que andaba buscando su tiro de gracia.

Ya ven todo lo que hay que cavar para encontrar que esas palabras que nos hablan son el tintineo de todos los días.

Entonces, también hay que hablar de la soledad, pero de esa soledad de la civilización, de lo civilizatorio… es que durante la historia de la civilización nunca se nos ha reconocido vivas, , cómo esperar que se nos reconozca muertas? Cómo no ser sino un dudoso cadáver? A partir de ese momento comprendí que a mi muerte es algo a lo que me tengo que saber acostumbrar. Pues será que este poemario es como una autopsia, una forma de imaginación que Claudia elige para hablar de ese viaje residual, hasta encontrar una muerte que no fuera la respuesta a una vida de amenazas. O encontrar una soledad que no fuera el castigo por no consentir. Yo diría que sobre esos dos hilos tiende claudia su tela, su trampa, su tema. Desde esos dos hilos, tenues, frágiles y fuertes se balancea, y en ese balanceo aparece la imaginación sobre otro futuro, otra vida, otros mundos posibles

Me pareció conmovedor imaginarme a mi misma desde otra perspectiva, desde el lado del cuerpo putrefacto, en contraposición, además, con la historia futura.

Un futuro que no esté estructurado como promesa, que no esté articulado sobre la tradición o sobre la historia: una opción –de vida- puede ser un punto de origen que permite iniciar dispositivos de legitimación, otras de formas de vivir, de amar, de trabajar, y también de morir.

Por eso, ella escribe desde ese rincón, desde culo del mundo. … en este rincón que no es un rincón porque Chile es un hilo de tierra, aquí el gobierno alerta de la presencia de la infección, dicen, que traída por un joven de Talca, que paseó durante un mes por el sudeste asiático… Porque también están las narrativas, de cómo viaja la muerte. De quien es su portador. Esas narrativas de la pandemia, encontrando y diseñando la colisión con la revuelta popular en Chile. Pero también resonando con esas narrativas de la otra infección: el VIH. La modalidad de los toques de queda y los confinamientos indefinidos, también como aquello que viene a rediseñar el espacio público: quienes lo ocupan, y cómo se tramitan esas disputas. Por eso supongo que le es tan visceral marcar la recurrencia de esa geografía: A lo civilizatorio como empresa de atenuación de la singularidad, Claudia responde trazando fuertes líneas entre cuerpo, ciudad, territorio: mi poto es un lugar, un rincón difuminado en el universo donde se definen mínimas batallas. (…) Mi poto tiene labios, lenguas y dientes que soportan ácidos que generan deshechos que nutrirán existencias miserables (...) Mi poto es un orificio que se dilata y se comprime, y lleva escrito historias ocultas de las guerras, de la conquista, de la prostitución, de este lado sur, frio y triste, de la ciudad donde nací.(...) Para nosotras escribir sobre nuestro cuerpo debiera ser un trabajo fundamental, como el de tragar saliva.

Seguramente, en esta parte de la lectura, voy a estar tomando un trago de agua.

Al menos para tomar la palabra, o sus palabras en la dimensión de grito que contienen, pero también de susurro. Sabemos, a través de la escritura de Claudia que la furia y la ternura son compuestos afectivos que se oponen a la crueldad. Y esa danza, ese combate es el que Claudia da en su poemario, casi como una gesta. No como una guerra a muerte, sino una guerra por tomar vitalmente el espacio en que se vive.

Y si bien, como dice Claudia: En la historia deben existir millones de textos sobre la muerte que escribieron gente que estuvo viva, y que nadie lee. … bueno, yo no creo que este sea un texto para la posteridad ni para la anterioridad. Se sitúa justo en el medio: ahí donde las vidas se tuercen, braman, duelando un mundo que ya no fue.

Claudia, yo no sé, si no vas a venir a decirnos: yo te lo dije!!! Tendrías toda la razón del mundo para hacerlo. Aunque a nadie le importen mucho las razones, yo se que escribís de la muerte porque te importa mucho la vida.

Claudia Huergo. Córdoba, 13 de octubre



Paulina Cruzeño

Querida Claudia:

Te escribo esta carta mientras leo tu libro. Creo que esta ocurrencia apareció por una fuerza de intimidad en tu escritura, algo así como una invitación a que ese gesto no se desvanezca. Pero tuve el impulso de avisarte que iba a escribirte una carta, quizás para que no te asustes, o porque la que andaba con miedo era yo. Cariña, me dijiste, me sorprende que, aunque no nos conozcamos me quieras escribir una carta, es tan grande. Y la verdad que durante esta semana no pude hacer mucho más que estar inmersa en esta carta, en tu libro, en esa zona que se abre cuando alguien quiere hablar de la muerte.

Es difícil es hablar de la muerte. Por qué será tan difícil hablar de la muerte, de los muertos, de los duelos. No lo sé. En definitiva, siempre que quiero hablar de la muerte termino hablando de otra cosa, como una ronda alrededor de un pozo.

Lo que sí sé, y por eso esta carta, es que solo se puede hablar de la muerte con quien está dispuesto a escuchar y saber. Alguien que también está en esa zona. No se puede hablarle a un público, a la gente en general, no existe una cosa así. Y en eso se parece al amor. Es uno por uno. Muerto por muerto.

Hay que hablar de la muerte porque solo tiene importancia para los que creen que están vivos, decis en tu libro. Entonces vivir es una cuestión de fe y morirse también.

La pandemia, la muerte de tu madre, Marilyn, la actriz y tu compañera, tu propia muerte. Una ronda que gira sobre eso innombrable, inescribible.

Un duelo trae otros duelos, trae la soledad, las preguntas y jamás volver a ser la que una fue.

Pero ¿dónde está el epicentro de un duelo? No lo sé, solo retumba y tiembla, luego sobreviene el efecto de desorientación. Nuestro fin de mundo. ¿Y después?

A lo largo del libro algunas respuestas empiezan a vislumbrase. En el centro de los duelos hay otro duelo: el duelo por el muerto y el duelo del muerto.

Como en un combate de espadas, donde el dolor por la pérdida de alguien toca el dolor que, en vida, afectaba a esa persona. Mi espada, mi dolor, toca la espada del muerto, que no es cualquier cosa de su vida, sino su dolor, como un collar que solo enhebra las perlas parecidas, las pérdidas, los sufrimientos. Como si mientras estuvieron vivos no nos hubiésemos dado cuenta o quizás sí pero no importaba, porque estaban vivos. Pero al morir, algo queda trunco, se vuelve marca y salta a la vista. Pareciera que el dolor solo permitiera ver el dolor.

Tu madre, decís que solo te quedan impresiones de esa vida de sufrimiento, que se fue sin perdonar a nadie ni pedirle perdón a nadie. Tal vez los duelos sean un encuentro con los secretos y las pequeñas desobediencias de esas vidas, ajustadas a los guiones de su clase, de su época. Secretos a los que solo se accede si se los toca con la espada del dolor.

Una herida que le habla a otra herida. Como los curanderos, que no hablan con las personas, su comunicación es con los órganos.

La muerte teje muchas preguntas, algunas estallan en el cielo y son fuegos artificiales, alumbran otros duelos. Otras quedan en silencio aguardando respuesta u otra pregunta salvadora.

Claudia, tu que escribes para recordar implantas semillas de memoria, por eso esta carta como una conversación de dos monólogos, a dos duelos, con todos los muertos aguardando asomarse a la escena por orden de aparición.

En este libro hay un tesoro que vuelvo a descubrir: la muerte que nos deja desorientados a los vivos, al final se convierte en un poder, como los de tu Marilyn pesquisando visiones, como los de le chique llevando conectividad a las travestis que lo han perdido todo y como tus espíritus sanadores.

Quizás, si se pudiera trasmitir que el temor a la muerte de alguien querido no es tan grave, que hay un después poderoso lleno de conexiones subterráneas que arrima espíritus y animales, acerca los mundos y amplifica algo de la experiencia vital, tal vez no sería tan difícil. Pero ese pasaje exige que los canales sean los propios, no es un trabaja para darle a cualquiera, para darle a otros, como casi todos los trabajos relacionales. No, este no. Es en absoluta soledad.

Decís casi al final del libro: será que hablar de la muerte es traicionar al amor, pero como el que avisa no traiciona, para no morir tan sola quizás sea un decir público que permite hablar de lo que todavía nos duele y traicionarnos así a nosotras mismas, como si en definitiva la vida se tratara de algo más y la muerte permitiera ver en capas, asumirlas y engrosarlas, con cada órgano del cuerpo.

Te preguntas muchas veces como será el mundo luego de la pandemia, como serán las travestis luego de la pandemia, todas esas preguntas sobre el fin de lo conocido, mientras asistes a tu propio fin de mundo y los ojos de Marilyn están ahí para poner sobre ella la ilusión de lo que ya no está.

Mientras leía pensaba en tu casa, tu departamento, tu cama, tu televisor, te imagino fumando, escribiendo el desamor, preguntándote si podrás cuidar de Marilyn, te imaginaba mirando por la ventana, me pregunto de qué color serán tus cortinas, el cubrecamas, los azulejos del baño, porque en todos esos lugares te imagino escribiendo. Y a veces llorando. Recuerdo un texto de la chicana Gloria Anzaldua, una carta también, que ella nos escribe a las escritoras tercermundistas y nos dice que nos olvidemos del cuarto propio, que escribamos en todos lados, en cualquier lado hasta sentadas en el inodoro y que, aunque pasemos hambre no somos pobres en experiencias. Porque para escribir, no hay un después. Para algunas existencias, el después también es un privilegio. No hay después en la escritura. Es ahora, con todo el cuerpo. “Las palabras son una guerra para mí”.

Me gusta volver a esa zona donde el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se tocan, ¿será eso un fin de mundo? para mi es la zona perfecta. La zona de las ilusiones y los poderes, de la escritura, de la intimidad, de las palabras, las imágenes y de las pérdidas.

Desde aquí me despido, Claudia. Aquí en esta zona de frontera donde siempre podremos encontrarnos.

Con profundo cariño, Paulina.

P/D:

Siempre habrá dos posibilidades.

Le lección es saber elegir

y aceptar

por eso Marylin

aceptó este libro para resguardar la belleza

Noelia Palma. Marilyn

Córdoba, 13 de octubre



Juan Burgos

Cinco

“…y bendito mi vientre en que mi raza muere” Gabriela Mistral

“Vivir es hacer abdominales” Fernando Peña

“La vida es un puñetazo en la panza, la muerte es un encuentro con vos misma” Clarice Lispector

¿Cómo presentar o presentarles un libro como este, un fanzine como este que es un libro? A comienzos del aislamiento social obligatorio por covid, en 2020, un grupo de pibas cordobesas organizó una convocatoria de lecturas desde casa, para un ciclo virtual que se llamó Diccionario Descritoras. El convite alentaba a mandar un videíto leyendo a tu autora favorita y yo tenía listo un texto de Clarice Lispector para leerles, para compartir, para sobrellevar y sobrevivir a esos días de reclusión y hartazgo. Lo tenía listo y a mi compañera María Arcadia apuntando con la cámara, cuando correteando irrumpió mi hija de tres años en la grabación, y se subió al sillón con otra propuesta (superadora): Dramas Pobres, de Claudia Rodríguez, ahí sí un libro que es un fanzine.

Por sus dibujos, por sus grafismos, por su disposición o por su misterio… o por esa escucha otra que habilitó el encierro, la palabra de Claudia nos acompañó aquellos días difíciles. Qué es ser travesti, se preguntaba y se respondía (nos preguntaba y nos respondía), Claudia, en nuestra lectura desfazada de entonces, mientras que la otra Claudia, no la de nuestra biblioteca sino la que estaba en Chile, confinada en un departamentito con su perrita compañera, hedionda de tanto cloro que se rociaba, mirando la novela para distraerse y odiando la novela que la distraía de la abrupta interrupción del estallido social chileno, iba más allá con su pregunta para indagar Sobre qué tenemos (tienen) que hablar las travestis.

Es que, si la Claudia que veníamos leyendo politizaba su poto, lo exploraba, lo recorría, lo abría y lo cerraba (lo dilataba y lo comprimía en célebres batallas) para más placer, o para escupir su mierda venenosa o para tirarse pedos que nos hicieran reír mezclando pudor con complicidad, la Claudia de la pandemia, o de la epidemia (como ella elige nombrar, sabiamente, a esta temporalidad) se mete bien adentro del culo y pasa directo a las tripas. Si la Claudia del Vienen por mí construía una analéctica con su dramaturgia, ésta Otra Claudia, la entrañable, la visceral, nos dice con su nuevo libro: Vengo por mí.

Claudia viene por Claudia, a por Claudia. Claudia venga a Claudia en la escritura de Para no morir tan sola, despanzurrándola. Casi como si Claudia sintiese por Claudia esa fascinación que algunos chongos -casi todos los chongos- sienten por las travestis y sus huevos de oro, al punto de querer abrirlas para descubrir qué tienen dentro.

No voy a mentirles, es un material incómodo, filoso, difícil, áspero, irritante, inflamatorio, eruptivo, lacrimógeno, punzante, carísimo, costoso. Un texto necesario y urgente; que exige ser leído desde los órganos, desde el centro de la panza. No vale el entendimiento, o vale poco, hay que pagar un precio para hacerse con él y no hay dinero que alcance. Tardé en descubrirlo. Aunque llevaba leído más de la mitad no conseguía entrar, daba vueltas en círculo por sus páginas. Al principio intenté compartirlo con las amigas más próximas, leerles unos fragmentos, intercambiar algunas reflexiones e impresiones, como hacemos con otras autoras que nos dan curiosidad, pero no se pudo. Rápidamente nos quedábamos en silencio, nos clavábamos el visto en WhatsApp, cambiábamos de tema: “habrá que seguirlo leyendo”, “habrá que ver cómo se resuelve más adelante” “habrá que relacionarlo con los escritos anteriores de Claudia”. No había ni hay lugar en el texto para ningún tipo de complacencia de nosotras, las buenas, las que nos emocionamos leyendo a las malas mientras fabricamos una conciencia compasiva que nos permita dormir tranquilas, siempre del lado correcto de la cama. Pero ni siquiera en ese binarismo Claudia se deja pescar, insomne afirma:

“No tengo poderes ni soy tan eficientemente mala, por lo tanto todo esto es una especie de pesadilla de la modernidad o posmodernidad porque las películas de Netflix se confunden con la vida íntima y el mal sueño que se hace presente por el desamparo de los cuerpos en la noche, por la oscuridad silenciosa del inconsciente, por el arrebato de la culpa, del recuerdo de la infancia cuando todo está oscuro, del miedo arbitrario que me hace tomar consciencia de la vida, de mi propio poto sucio o, mejor dicho, irremediablemente cagado”

A lo largo del texto, Claudia, se pregunta por la vida; por la que se apaga y por la que insiste. Busca, en una concatenación de reflexiones solemnes y letanías insurrectas, la verdad de las cosas: su verdad, la de su madre, la de las travestis, la de la Marilyn Monroe y la de la Marilyn que ladra a sus pies. Mi verdad es que lo leí de a sorbos, como si en vez de un libro se tratase de una de esas botellitas con gotas diluidas que me receta la homeópata para los cuadros agudos de mi colon irritable. No me decidía si era mejor leerlo de noche o de día, en ayunas o después de comer, en voz alta o para mis adentros, subrayando o transcribiendo, sola o acompañada… hasta que una madrugada me tocó a mí el mal sueño y desperté muy angustiado, doblado del dolor con el libro en las manos. Y lloré, lloré por esa conocida travesti con la que militamos en 2008, en el Grupo de los Jueves en Casa Caracol. Se llamaba Aimé Farah, y fue encontrada muerta en 2021, en su cuarto de pensión, luego de varios días de descompostura y putrefacción, junto a tres gatitos famélicos.

“¿Qué se podría decir, por ejemplo, hipotéticamente, en el caso de estudios de cadáveres de personas travestis y transexuales, respecto de cómo vivieron o cómo murieron? ¿qué características construían sus historias y vivencias?”

Recordé cuando Aimé le tiró con una bolsa de basura a un auto desde el que nos habían gritado “putos” en plena Avenida Colón mientras la gente la aplaudía y la vitoreaba; cuando almorzamos en el comedor de la obra social de la universidad, con el director, y era el centro de todas las miradas, vestida de leopardo; cuando viajamos a un encuentro en Santiago del Estero y quería traerse un cachorrito escondido en la mochila burlando al chofer del colectivo; cuando se fue a comprar hielo con mi cuñado y desapareció de mi fiesta de cumpleaños por horas, por días (mi hermana también se debe acordar); cuando ese muchacho aliado a todas las luchas en vez de llevarla a un telo como esperaba, la llevo a un vivero y le regaló un helecho carísimo que no iba a sobrevivir en su piecita sin luz ni ventilación, y que terminó trocando por unos corpiños en la San Martín. Recordé esa vez que estuvo internada en el pabellón de varones del Hospital de Clínicas y cuando le pregunté qué necesitaba que le lleve para su curación me pidió una maquinita de afeitar, un lápiz de labio, dos cigarrillos y su cartuchera de útiles para hacer la tarea, porque quería terminar el secundario… “Me dejaron el culo como el mapa del pirata Morgan, loca”, me había dicho cagándose de risa y de odio, todavía anestesiada al salir de la cirugía.

Me preparé un boldo y abrazado al libro de Claudia, me volví a dormir.

¿Cómo presentar o presentarles un gualicho como este, una brujería como esta que es un fanzine que es un libro? Claudia escribe para no olvidar una revelación, una visita que recibió, una mancha misteriosa sobre su cuerpo. Y en esa obstinación por registrar lo que piensa, lo que siente, lo que ve, lo que escucha, lo que recuerda y lo que imagina −lo que le hace sentido a riesgo de ser un sin sentido− asume la intrepidez de confrontar consigo misma, con las ambigüedades de las está hecha y con los conflictos propios de quién se reconoce ocupando diferentes posiciones de poder y dominación en simultaneo.

“¿Soy una travesti con ansias de ganar a toda costa? Les pregunto a ustedes, ¿cuánto creen que estoy dispuesta a obviar, olvidar o negar, para siempre ganar?”

Y es así, y tal vez sea sólo así, como se hace posible que su mundo, o algo de su mundo, caiga, se eche a perder o se pierda irremediablemente, para poder pasar a otra cosa: a otra Claudia. A otra (relación con la) lengua. A otra escritura.

Vivir es duro, doloroso como una patada en la panza y quienes quieran ser tocadas por esta magia de Claudia, quienes quieran participar del sortilegio transformador de su palabra, deberán −ya no, poner la otra mejilla, ni las mejillas del culo, ni el culo, si no− ofrecer su vientre.

En Para no morir tan sola, la autora explora la soledad, la distribución desigual de la soledad que sobrellevan las travestis, pero también la solitud y su potencia. Es decir que a la vez que se pregunta y se preocupa exhaustivamente por el destino de las niñas y adolescentes travestis, por el desamparo de las travestis viejas, discas, locas, presas, putas, enfermas y sin red, por la violencia que unas travestis ejercen sobre otras travestis, se toma el tiempo y produce el espacio para darle una oportunidad a esa condición $[¿“humana”?]$ estructural que es la de ser-sola, nacer y morir sola; el dramático y maravilloso hecho de que sólo una está en su cuerpo aquí y ahora, entre lo que ya no y lo que todavía no, y que eso es, hasta cierto punto, intransferible, in-intercambiable. Pero sólo hasta cierto punto, porque hay en esa singularidad, algo que puede hacer eco y resonar en otras; y esa es la razón por la que Claudia, como mi otra autora favorita, abraza lo que en ella duele y escribe con urgencia: porque necesita que eso también duela en quienes nos arriesguemos a leerla, insisto, recibiéndola como un patadón al hígado.

Una poeta neuquina muy querida, que por estas semanas comparte con las claudias mi mesita de luz, escribió alguna vez: “Estarse Sola, para por fin Ser Sola”, en un poema titulado Esa Mujer, que habla de una señora en vela, cuya vigilia sostiene el reposo de los demás… Creo que, con eso, con algo de eso, de ese “estarse sola”, de ese “ser sola” con otras, se compone la materialidad con la que opera Claudia para construir un embrujo tan poderoso. Y es que parece que a Claudia no le alcanzaba con desafiar los binomios macho-hembra, varón-mujer, masculino-femenino, proletario-burgués, cis y trans, buenas y malas, vida y muerte, no.

Ni sola, ni no sola: no TAN sola: y la no-tan-soledad de Claudia, con su orfandad reciente, con su maternidad interespecie incipiente, con su pregunta colectiva, con su respuesta singular-plural, es una invitación a derribar el número dos, el binarismo en su forma radical, en su fórmula vetusta de organización social; asumiendo la voluntad de estar con una misma “piola” y a la vez conectada con otres. De ahí que el mito urbano que se presenta al final de Para no morir tan sola −¿puedo spoilerarles?, quiero spoilearles− sea el de une chique no binarie, anónime y silente, con el poder de dar señal y crédito (saldo, margen, credibilidad), conectividad y accesos a las redes, a todas las que se le acercan en Franklin, el barrio de los guetos verticales, las migrantes y las tiendas persas.

¿Cómo presentar o presentarles una maravilla como esta, una herramienta o un arma como esta que es un gualicho, un gualicho que es un fanzine, que es un libro? Se me ocurre contarles que su apuesta política más grande es pretender que la soledad deje de ser destino para las travestis, y que su mayor generosidad es invitarnos a que sea entonces, la solitud, para todas y cada una, la posibilidad de nuevos intercambios y afectaciones con nosotras mismas y con las demás, desde un lugar profundamente solitario y, por qué no, sublime. Si esto no fuera suficiente, déjenme agregar que, a catorce años de la operación de Aimé, a uno de su muerte, este libro me hizo caer en la cuenta de una obviedad que pasé por alto y que me avergüenza casi tanto como me emociona: si la cartografía herida que trazaban las cicatrices en su culo eran las del mapa de un pirata, como ella sugirió, es porque existía, también, y todavía existe en alguna parte un tesoro, mejor aún, la promesa de un tesoro que no precisa ser exhumado para ponernos en movimiento, en contacto. Llegó a mí hace poco, porque la magia no cesa, un audio de unos días antes de su muerte en el que Aimé le pide a otra loca amiga, profe de inglés del centro trans, que le guarde la nota, le avisa que estaba haciendo la tarea porque ese año pensaba terminar el secundario.

Gracias, Claudia, por esta oportunidad maravillosa de compartir el dolor, los tesoros y el compromiso público de guardar la nota de Aimé, porque a veces, de una vida, lo que se salva es eso: una nota, un número: un cinco.

* * *

Una cosa más, conversando con Claudia, en los preparativos de su venida a Córdoba, me compartió el deseo, la preocupación, porque su texto contenga también, algo de esperanza. “Aunque sea un poquito de esperanza, cachay”, me dijo, quizás preocupada por mi dramatismo. Y para que no queden dudas, así cómo Claudia se entrometió en mi lectura de Clarice, Clarice viene ahora a hacer lo propio:

«Era como si me organizase en función de tener dolor de estómago, porque, si no lo tuviese más, también perdería la maravillosa esperanza de librarme un día del dolor de estómago: mi vida antigua me era necesaria porque era precisamente su mal lo que me hacía gozar de la imaginación de una esperanza que, sin esa vida que yo llevaba, no conocería».

Yo te quiero agradecer, entonces, Claudia, por todo este mal y por toda esta esperanza.

Juan Burgos

Notas al final

* María Arcadia es travesti, migrante chilena, y participó en la lectura del poemario de Claudia Rodríguez, interpretando tres de las canciones que integraron el repertorio doméstico de nuestro aislamiento: Nada – Mauricio Redolés; Epitafio – Mauricio Redolés; Ausencia – Violeta Parra

* Se puede ir el link al video en el muro de emosidoengañado

* Me refiero a Macky Corbalán.

* En los intentos de aproximación al texto puse a conversar en mi mesita de noche los libros Claudia Rodríguez junto a La Desobediencia, de Claudia Massin, y la biografía de Claudia Pía Baudracco, compilada por el Archivo de la Memoria Trans, Si te viera tu madre.

* Clarice Lispector en La Pasión según GH.