Conferencia a cargo de Manuel Hernández sobre el taller de escritura de la Clínica Instituto Doctor Gregorio Bermann, el sábado 31 de mayo de 1997, registrada por nuestro querido Carlos Bergliaffa.
Manuel Hernández: Voy a tratar más o menos de ir contándoles las cosas del taller pero, bueno, yo propongo que si quieren intervenir lo hagan, y no esperen hasta el final...
Me pareció bien primero mencionar algunas cosas con respecto al Bermann. Si bien, yo imagino que hay gente que por lo menos conoce o que hay gente que puede haber pasado por la institución. Yo quería por lo menos mencionar algo que es propio del Bermann, sobre todo porque para mí el Bermann tiene algo muy particular. Yo venía de dos años de hacer teatro en el Neuropsiquiátrico provincial.
El Bermann es una institución grande, tiene alrededor de cien pacientes; y la característica de los pacientes de ahí es que–muchos de ellos– tienen largas trayectorias de internación, lo que lo hace muy distinto del Neuropsiquiátrico provincial. Creo que esto marca lo que uno va a hacer ahí, el trabajo, del tipo que sea.
El taller de escritura forma parte de un equipo que está integrado por varios talleres más, y para mí es importante marcar algunas cositas que son básicas y que hacen al modo de trabajo de todos los talleres que hay en el equipo. Por un lado los talleres están destinados solamente a los pacientes internados, no son talleres abiertos, tampoco está pensado incluir médicos o personal de la institución; son para los pacientes. Todos los talleres tienen dos coordinadores o más, pero no hay, como en otros talleres, una distinción entre un coordinador técnico y un coordinador terapéutico. Acá esto no está planteado de esa forma.
Les voy a contar cosas del taller de escritura, les voy a mostrar más o menos cómo funcionaba el taller cuando yo me incorporé y cómo estamos hoy, con el entorno ... para mí es importante.
Este taller funciona desde el año 1993, si bien hay una especie de ... hubo otros talleres literarios anteriores a este. Por lo que me cuentan los pacientes, en un momento pasó por la clínica una escritora cordobesa, todavía muchos pacientes se acuerdan de ella, y hablan lo bien que ella...
Público: ¿Quién es?
Manuel Hernández: Glauce B... aldovin?
Muchos de ellos todavía se acuerdan, ella estimulaba a algunos a escribir, a otros les contaba cosas de otros, algunos dicen que...
El taller así como está ahora funciona desde el año 1993, y yo empecé a trabajar en el año 1994. Nunca estuvo el propósito de que sea una actividad recreativa, tampoco terapéutica, digamos así, o que eso era la terapia de algo. En ese momento la modalidad de trabajo era juntarse una vez por semana, buscar un tema común, tratar de plantear un tema que sea común a todos. Por lo general eso siempre estaba en relación con lo que podría ser el otoño, o las fiestas de fin de año, o el día de la madre, o la muerte, o el amor, o la soledad. Una vez que se tiraba un tema la idea era hablar sobre esto, opinar, discutir, ver qué pensaba cada uno y después, intentar escribir algo en relación y finalmente, leer lo que cada uno había escrito, leerlo ahí en el grupo.
Esta era más o menos la modalidad de todos los días de trabajo. A veces cambiaba, llevábamos otra propuesta: una vez se intentó hacer un cuento, escribiendo cada uno un fragmento. Pero, de todas maneras, nunca hubo el propósito de funcionar como taller literario, como yo tengo entendido que funciona un taller literario, es decir tratando de aprender un género literario, o bien de tomar algún escrito como si fuese alguna materia prima e irlo mejorando o haciendo evolucionar. Esto, de entrada, nunca se trabajó así, y tampoco se trataba de manejar recursos técnicos; al margen de que yo pienso que, si esto hubiese sido un propósito nuestro, tenía muchas posibilidades de fracasar.
Algo que se va aprendiendo, siempre se aprende algo nuevo en relación al cuidado que hay que tener con las cosas que se escriben, nosotros hemos tenido varias metidas de pata con los escritos, por querer hacer algo –sobre todo en los momentos de las publicaciones. Uno va aprendiendo cada vez a ser mucho más cuidadoso con esto de respetar lo que está escrito como está escrito...
Público: ¿Cuáles serían las metidas de pata?
Manuel Hernández: Una metida de pata que me acuerdo: en una publicación del año 1994, estábamos viendo el material para publicar y había uno que nos gustaba mucho, que nos parecía muy lindo, y que no estaba firmado por nadie. Decidimos publicarlo y le pusimos anónimo. Al tiempo aparece en el taller una persona internada en la clínica, viene y dice: «Oiga, ¿cómo que anónimo? Esto es mío. Esto lo escribí yo.» y se lo acordaba de memoria. Nosotros le explicamos que eso estaba ahí, realmente no sabíamos de quién era. En el número siguiente preparó un material y se encargó de que eso saliera publicado bien claro con su nombre y apellido. De ahí, por este caso, por ejemplo, uno empieza a preguntar cada vez que alguien entrega algo, si lo quiere firmar, si le quiere poner un seudónimo; y cuando se publica también preguntar si quiere que salga su nombre o cómo quiere que salga.
Público: (Inaudible)…
Manuel Hernández: La publicación. Lo que nosotros tratamos es de... Cuando yo llegué al taller, en ese año 1994, salieron dos publicaciones y después eso se estiró más. En 1995 hicimos una sola y el año pasado también solo hicimos una. Al principio como había más publicaciones al año la gente ya venía al taller y ya preparaba lo que quería publicar, directamente ya tenía esto en mente, escribía y decía: «Esto es para publicar». Después, cuando se hizo más espaciado lo que empezamos a hacer es, mientras transcurre el taller acopiamos material, después nos juntamos a leer todo eso y a separar lo que es de cada autor, y ahí nos juntamos con cada uno de ellos, nos sentamos con su obra, y vemos de todo eso qué es lo que quieren publicar, elegimos. Eso se respeta. En muchos casos hay gente que dice «Elijan ustedes». Pero, en otros casos hay gente que empieza a ver y señala lo que quiere publicar. Y ahí nosotros tratamos, dentro de las limitaciones que tenemos, de darle un espacio a cada uno.
Público: Cuando contás esto de que «Nosotros elegimos este poema y le pusimos anónimo», se juega entre el nosotros y el ustedes... Si podés contar sobre la publicación de «Nosotros elegimos esto del anónimo», no había...
Público: Sabiendo quién era el nosotros...
Público: «Nosotros», es decir ustedes, hicieron algo que es de ustedes, no había que... después vas contando que a lo mejor el «Nosotros» éramos «Todos». Vas consultando, y los otros seríamos un público, distinto a este «Nosotros», es decir ustedes, «Nosotros dos o tres que vamos a publicar». ¿Cómo es el mismo trabajo que están haciendo?
Manuel Hernández: La última publicación es esta [muestra un ejemplar, Taller de escritura, nº 7] que es la del año pasado. En esta trabajamos tres personas en la coordinación, en lo que sería el trabajo de edición, pero la selección se hace con cada uno de los que escribe, de hecho esto lleva mucho trabajo, estar con cada uno de ellos... Hay gente que escribe muchísimo, realmente hay gente que escribe mucho, mucho, mucho.
Público: Vos comentabas que había habido un cambio, o sea que ahora se llama taller de escritura...
Manuel Hernández: Cuando yo me incorporé se llamaba taller literario, estuvimos un tiempo trabajando con esta modalidad que yo les había contado. Sobre el final del año 1995, se habían empezado a juntar varias cosas, no sé si tienen algo que ver entre ellas pero bueno, para mí fueron varias cosas que se empezaron a juntar, y eso cambió la situación, cambió el taller. Una de ellas es que llegó un momento en que esa modalidad de trabajo se estaba agotando, por momentos pasaba esto, uno sentía que en el taller no pasaba nada o pasaba poco, y bueno. Siendo que era un taller literario la idea era... se asomaba la idea de incluir, por ejemplo, algún texto o llevar un libro, y eso para nosotros se hacía difícil porque dentro del equipo nuestro estaba el taller literario y a su vez había un taller de lectura que es concretamente donde se leen libros. Se hacía difícil eso. Y entonces, en un momento surgió la propuesta de si al grupo le interesaba algún libro en especial, se eligió El principito y bueno, por un tiempo estuvimos trabajando con eso. La idea era leer y escribir sobre lo que leíamos, o sea leer un fragmento y tratar de escribir algo. Pero bueno, yo veía que esto se estaba agotando.
Yo en esa época llevaba un tiempo ya trabajando con un paciente... la cosa empezó a través de un escrito. Un paciente que tiene una dificultad para hablar, muy particular, para que se den una idea habla así como grgrgr [un sonido como el de las gárgaras] o sea es muy difícil, hay veces que esto varía muchísimo y hay momentos en que no se le entiende prácticamente nada. Entonces un día, en el año 1994, trata de decirme algo, yo no entiendo nada y le digo: «¿Por qué no lo escribe?» y bueno, él ahí me da un escrito, y a partir de eso empieza a generar escritos. Después en un momento me dice: «Vamos a escribir la historia de mi vida». Iba quedando claro que yo de lo que me encargaba era de llevarle el papel y la lapicera. Pasó un buen tiempo y prácticamente no hablábamos nada. Yo iba y le preguntaba «¿Tenés papel y lápiz?» y me decía «Sí» o «No» o «Sí, me alcanza» o «Conseguime para este fin de semana que no tengo». Y él me iba entregando cosas. Al principio era una especie de historia de su vida y de su familia venida de España. Esto siguió muchísimo tiempo, y después en un momento yo empecé a preguntarme por qué esta persona no participaba del taller literario, si bien yo lo había invitado varias veces... Entonces yo me empezaba a preguntar por esto, yo tenía otra relación con la escritura a través de esto ¿no? Tampoco funcionaba el gancho de la publicación, porque eso es ganchero, cuando asoma la publicación mucha gente se arrima al taller. Y en el caso de este paciente, después del momento en que empezó a escribir esta historia, retomó algo que es muy propio de él que son cartas. Él escribe cartas destinadas al presidente de la nación, al gobernador, a la legislatura, a los medios de comunicación, al diario La Voz del Interior, a Canal 10, y algunas cartas directamente dirigidas al pueblo de Córdoba. Todo esto él me lo daba a mí, yo lo seguía juntando, y tampoco funcionaba la propuesta de la publicación, es decir, de hacer pasar esto por la revista. Yo me preguntaba por qué este paciente no se sentía convocado por el taller literario ni por la publicación. Empezaba a ver que hay muchos más pacientes que escriben, que escriben mucho, pero que no venían al taller...
Público: (Inaudible)... manuscrito... no quería pasar a una publicación porque la... es otra... gráficos, prensa.
Manuel Hernández: Sí, a él nunca le interesó eso.
Yo a esta altura me replanteo que para mí la escritura es algo de muchísima presencia, es algo que tiene una presencia muy fuerte, eso se ve, se ve mucho, es anterior al taller, no es necesario un taller literario para que haya esta escritura, excede al taller también. Yo me planteaba: ¿qué pasa con estos otros que andan escribiendo por ahí que no vienen al taller?
Coincidió que la persona que trabajaba conmigo en ese momento se fue de la institución, y yo me quedé un tiempo solo. Y, bueno, era así, yo cada día tenía menos idea de lo que hacía, de lo que quería hacer; seguía yendo al taller y hubo veces que estaba con dos pacientes, ahí sentado. Empezó a aparecer otra gente y yo me fui quedando sin propuestas para nada, es decir, hagamos esto o hagamos esto otro, y empezó a aparecer esta otra gente que ya venía con su escrito o venía sabiendo lo que quería escribir, y eso le fue dando más forma al modo en que estamos trabajando en este momento. El trabajo se hizo mucho más elemental, nosotros convocamos a la reunión a escribir, la gente que quiere venir a escribir viene al taller, nosotros le ofrecemos lápiz y papel, y una vez que eso está escrito le ofrecemos si quiere leerlo a alguien de ese grupo, y llegado el momento, si quiere que se publique. En este momento esto es el taller. De todas maneras el año pasado también empezaban a aparecer otras cosas, es decir, esto es lo que nosotros ofrecemos, pero esto se modifica de acuerdo a cada uno de los que vienen que viene al taller, porque cada uno va tomando esto a su manera y nos va tomando a nosotros de un modo distinto, si bien esto tan elemental es lo que nosotros ofrecemos, después cada uno... por ahí sí viene alguien y pide algo, que lo ayudemos a corregir, o nos consulta qué nos parece lo que ha escrito; eso empieza a variar, depende de cada uno.
Público: El cambio de nominación de taller literario por taller de escritura...
Manuel Hernández: Sí, el cambio de nombre, sobre todo, para mí, fue bastante... a mí me significó bastante, y a los pacientes, yo no sé realmente si a ellos los convoca el cambio de nombre, porque todavía le dicen taller literario o le dicen el taller de la revista.
Público: ¿Cuándo fue el cambio de nombre?
Manuel Hernández: A principio del año pasado, con todo esto que yo ya no sabía qué hacer. Si bien nunca nos parecíamos demasiado a un taller literario, yo cada vez veía más que lo que pasaba ahí cada día tenía menos que ver con un taller literario, y llegó el momento que, el nombre taller literario me sonaba demasiado lejano, hasta que a mí me pintó la idea de decir «Para mí esto es un taller de escritura, no es un taller literario». Así.
Público: Vos de alguna manera decías que este quedarte solo y no saber para qué lado disparar, fueron los mismos pacientes que empezaron a convocarse a ese espacio, los que le dieron, de alguna manera, la forma. Con este tiempo que ha transcurrido desde que empezó a producirse esto ¿cómo lo ves vos ahora? ¿qué te produjo en ese momento?
Manuel Hernández: Por momentos yo pienso que fue algo así como una cosa que se fue imponiendo, con fuerza propia, por eso para mí esto de llamarlo taller de escritura era porque estas escrituras de a poco se fueron metiendo en el taller, como una especie de conquista.
Público: Es decir, ¿los pacientes van con escritos que ellos hacen fuera también, fuera del taller?
Manuel Hernández: Sí, esto también. Se incorporó mucha gente, porque de pronto empezó a venir gente que decía «Mire yo acá no puedo escribir, yo escribo cuando estoy solo», entonces, bueno, nosotros ahí lo que proponemos es «Si usted quiere, lo que nosotros le ofrecemos es que traiga y lea acá, en este auditorio, traiga lo que tiene, acá lo vemos». Y eso incorporó mucha gente, que de hecho escriben solos.
Público: Vos recién decías, cuando hablaste de este paciente que no se le entendía, que le pediste que escribiera, me parece que dijiste que vos tenías otra relación con la escritura...
Manuel Hernández: Sí, para mí era una especie de doble vida, digamos. Por un lado iba al taller literario, por otro lado yo me estaba encontrando con esta otra escritura ahí, y no podía juntar estas dos cosas ¿no? Nunca pude. Yo recopilaba cosas de personas que escribían y me las daban.
También cambió mucho el tipo de pacientes, la concurrencia también cambió. No sólo cambió la modalidad, cambió el tipo de gente que venía al taller; en el modo anterior era otro tipo de pacientes los que venían, era gente que podía mantener alguna pertinencia, un tema, y ahora... también esto trajo problemas, de pronto la gente acostumbrada a mantener un tema en común, a hablar algo, empezaron a aparecer algunos con ... «Bueno, yo escribí esto» o venía alguno a decir «Yo quería decir una cosa» que no tenía nada que ver con lo que estábamos hablando. Sí, para mí cambió mucho el tipo de pacientes que empezó a venir.
Público: Cuando recién empezaste a hablar dijiste que vos habías estado haciendo teatro en el neuro y que quizás también hablarías de esto. También marcaste que no era ni recreativo, ni terapéutico, ni todas esas cosas. ¿Podés decir algo de la experiencia distinta del taller de teatro en el neuro y esta otra cosa que vos marcás ahí, distinto de coordinador técnico y terapéutico que ahí no existe...?
Manuel Hernández: Una cosa que para mí... hay varias cosas que son distintas, yo quería marcar justamente al principio la diferencia que hay entre los pacientes que yo había conocido en el neuro y los que hay en el Bermann, eso marca muchísimo, hay una gran diferencia. El neuro en aquella época ya era definido como un hospital de agudos, y por lo menos cuando yo estaba los talleres estaban pensados para gente que estaba dada de alta, o en tratamiento ambulatorio, no estaban pensados para gente que estaba internada. Bueno, en el último momento se hacían entrevistas para ingresar al taller. En el caso nuestro no, viene al taller el que quiere venir. Para ingresar a un taller en el neuro se toma una entrevista y ahí se evalúa si esa persona está en condiciones de entrar.
Y esto de lo terapéutico, no sé. Para nosotros no hay un propósito de interpretar lo que pasa ahí, o de llevarlo al terapeuta y decirle «Mire, el otro día pasó tal cosa en el taller», lo que pasa en el taller, pasa en el taller, el material que se genera ahí es material del taller.
Público: Es decir, en el neuro hay un responsable técnico, un controlador...
Manuel Hernández: En el neuro, cuando yo estuve, había un encargado de la parte técnica, entendiendo de lo que sea, si era taller literario, de teatro, etc… Es decir, había gente que se encargaba de esto y gente que tenía a cargo la cuestión terapéutica. Yo veía que era una cosa bastante difícil de sostener, porque muchas veces se discutía qué era lo terapéutico, cuál podría ser una actividad terapéutica ¿no? En el caso del teatro muchas veces había discusiones en torno a esto, alguno decía «Me parece que esto no está siendo terapéutico», porque de pronto había alguno que se ponía loco, decían «Esto no es terapéutico».
Bueno, en el caso nuestro, por ahí viene gente al taller que escribe algo y se angustia muchísimo. Me estaba acordando de que hace un tiempo largo había una persona internada en la clínica, después la dan de alta, y al tiempo me hace llegar un paquete, era como un cuaderno de espiral envuelto sobre sí mismo y con una cantidad de cosas escritas, un montón, un montón de cosas. Me lo mandó y eso estuvo conmigo, sobrevivió a una mudanza y todo, siempre estuvo ahí. Hace poquito esta persona se volvió a internar y le fue a preguntar a Tati si sabía algo de ese cuaderno, y Tati vino y me dijo «Che, ¿vos sabés algo de un cuaderno de tal?», «Sí –le digo– está en mi casa», «Bueno, lo pidió». Viene él y me dice «¿Vos tenés eso?», «Sí» le digo, y me dice «¿Lo podés traer?», «Sí», yo se lo llevé como estaba, y después él me contó que lo estaba releyendo. Después viene y le digo «¿Y?», y me dice «Estuve releyendo eso y bueno...», entonces le digo «Bueno, ¿qué vas a hacer? ¿me lo vas a devolver, me vas a dar una parte de esto?», y me dice «Olvidate de eso, no son cosas..., son macanas, yo en esa época estaba muy loco, olvidate de eso». Bueno, así como estuvo un tiempo conmigo, desapareció.
Y otra cosa que se dio también el año pasado fue que, en algunos casos, nosotros íbamos en búsqueda de alguna gente que escribe, y hubo un par de personas que tenían cosas guardadas. El caso de un paciente que me parece... para mí lo que pasó con ese paciente fue interesantísimo, porque es un paciente de un aspecto muy, muy deteriorado, pero muy deteriorado, capaz que de entrada uno no tenga ninguna expectativa ahí, y un día hablando me dice –todo esto con mucha dificultad para hablar– «A mí me gusta mucho la poesía. Yo tengo cosas escritas». Entonces le preguntamos qué posibilidad había de conseguir eso, y dice «Está en lo de mi hermana». Así apareció una carpeta de esta persona con cosas escritas en la década del ‘60 y ‘70. Durante un tiempo él venía al taller y nos sentábamos con la carpeta, él elegía algo para ese día y lo leíamos, hay algo publicado también acá [Taller de escritura, nº 7].
Público: ¿Qué diferencia hay entre las publicaciones?
Manuel Hernández: La diferencia, para mí, es que en esta última se puso en juego la posibilidad de hacer algo de mayor alcance, pero no, por ahí los números son... para nosotros es mucho, a estos [hasta el nº 6 de Con los pies en el aire] los hacíamos a mano, a la diagramación la hacíamos a mano, y fotocopias, y por lo general hacíamos entre cincuenta y setenta ejemplares que circulaban dentro de la clínica, y en algún caso llegaban a algún familiar. Y después con esta otra [Taller de escritura, nº 7] la idea fue hacer algo con otro alcance, y con otra presentación también, y bueno, eso sorprendió a muchos, es decir ver la publicación en este formato, hubo gente que dijo «Bueno, no esperábamos esto». Cuando estuvo esto [Con los pies en el aire], para mí estaba bien, me parece, yo pienso así: eso llegó en su momento, no fue decir «Ah, antes hacíamos poquitas, ahora vamos a hacer muchas», no, para mí fue como que llegó un momento donde se puede, ahora, pretender otra cosa, y es más creo que por un buen tiempo la cosa hacerla era así [Con los pies en el aire], no nos interesaba hacer ni muchas revistas, ni que estén hechas con una presentación excelente, la cosa era así.
Público: Yo me estaba preguntando si hay gente que va y solamente busca el público pequeño del taller y no quiere pasar a otro público más grande como sería el espacio de una publicación, y si hay gente que busca ese taller para que le publiquen algo.
Manuel Hernández: Sí. Para mí hay, en eso, mucha diversidad. Y en eso también nosotros como que fuimos... cada día uno encuentra algo nuevo en esto, es decir, ni bien alguien termina de escribir algo o trae algo escrito puede ser que diga «Esto es para publicar» o «Lo leo en esta situación» o «Léalo usted solamente» o se lo lleva; de hecho hay gente que viene, escribe y ni siquiera muestra lo que escribió, y se lo mete en el bolsillo y se va con eso. En muchos casos hay gente que viene directamente cuando termina de escribir, nos lo da y dice «Léalo usted».
Hay gente que viene directamente con algo que quiere que se publique, y viene preguntando «¿Cuándo va a salir la revista? Porque yo quiero que salga esto que acabo de escribir o que tengo escrito».
Público: Me pareció que vos querías hacer una diferencia cuando te referías a publicar, por ejemplo, con una tipografía, y otra que sería conservar la gramática.
Manuel Hernández: Con usted hablamos de esto. A veces yo pienso que es un problema, si bien nosotros tratamos de cuidar la firma, y en muchos casos hay que tener cuidado con el formato, cómo está escrito, por ahí dice no, uno hace una diagramación, al final si bien podés cuidar el texto pero cambiás la diagramación, y después se te arma un despelote bárbaro, te dicen «¿Qué es esto? Esto no lo escribí yo». Y yo la otra vez le decía que hasta es difícil hacer pasar un escrito a través de una computadora o una máquina de escribir; a veces parece que hay cosas que deberían ser publicadas como están. Acá, en esta publicación [Con los pies en el aire, nº 6], salió un texto que la doctora Bermann nos había dicho «¡Qué desprolijo!». A eso nosotros no podemos diagramarlo ¿qué vamos a hacer?
Público: Y cuando hablábamos de eso nos acordábamos de un poema de Oliverio Girondo que está impreso con la forma del cuerpo, si uno le cambia esa forma le cambia el ritmo, porque las piernas forman un ritmo al leer.
Manuel Hernández: Sí, estaba pensando en eso. Se hace difícil eso mismo ¿no?, hay muchas cosas que no se pueden pasar por máquina o por computadora, eso puede significar un cambio en lo que está escrito.
Público: Y con respecto a eso que mostraste escrito a mano, ¿cómo hicieron la elección de dejarlo a mano?, ¿fue un pedido del paciente?, ¿lo pensaron ustedes? ¿Cómo fue que quedaron todos a máquina y este no?
Manuel Hernández: Porque nos planteamos que eso tenía que salir así, porque pretender pasar a máquina eso es imposible, el original no se puede leer tampoco, se lee apenas al principio.
Estaba pensando también con el tema de los números. El otro día estuve con alguien hablando –pero por una cuestión numérica nomás– se me ocurrieron un montón de cosas. Estaba con un amigo que edita la revista de los chicos de la calle, La luciérnaga, y él me contaba que en esta última edición estaban llegando a los diez mil ejemplares. Yo pensaba –solamente así pensando en números– qué distinto, porque para nosotros pasar de entre cincuenta y setenta a prácticamente cuatrocientos, que fueron estos [Taller de escritura, nº 7] fue importantísimo. Yo decía en el caso nuestro, nosotros podemos hablar, podemos hasta seguirle el rastro a algunos ejemplares que se han vendido, como que la cosa es de ese modo, hay varios casos en los que nosotros sabemos de la revista, cómo fue y qué paso con la revista esa.
Público: Cuando se pasa de la publicación que hacían a mano al editor...
Manuel Hernández: Eso también para mí fue importante, ser editados por un editor, por alguien que edita libros ¿no?, también tiene algo eso, para muchos pacientes también eso fue... a muchos les llamó la atención eso de que las cosas de ellos salgan publicadas y que sean editadas por alguien que no éramos... porque nos veían a nosotros armando la revista, de hecho en este caso fue muy importante la colaboración de Gonzalo Vaca Narvaja porque fue....
«... en este estado por un tiempo indeterminado ¿Quién puede llegar a sacar de este estado durante la vida de un ser que vive desesperado por vivir más años? No lo sé, según algunos escritores la desesperación los lleva a un estado de desconcierto espantoso. Otros opinan que la desesperación no existe. No puedo asegurarlo.»
Este es de otra, que se llama Refugio de los muertos:
«¿Cuántos muertos todos los días impactan mi ser? Mi tristeza, mi no humor se debe a ello. Vaya donde vaya, vuelva, regrese, me oriente hacia el este, hacia el oeste, todo es igual. Dios mío ¿dónde hay un lugar paradisíaco en este planeta tierra? Gris, penumbra, angustia, ansiedad y prisión. Todo esto me ocurre a mí. Sufro mucho, no me adapto al mío. Dios mío, le digo todos los días, ¿cómo hay personas tan felices? ¿ellas no ven lo que yo veo o qué pasa? Hasta acá llegué hoy, mañana no sé qué haré, no sé mi destino.»
Esta es una frase sola, dice:
«Eva era excesivamente celosa, cada vez que Adán regresaba le contaba minuciosamente las costillas»
[risas]
Alicia Lerner: Ese es un chiste judío tratado en la Biblia. No de la Biblia, sino de comentarios sobre la Biblia, pero está en la mitología del humor.
Manuel Hernández: Bueno, esto que viene acá es un Ave María enganchado con un Padrenuestro [lo muestra].
Esto se llama Círculo del sol:
«Recuerdo el viejo club, cerveza en sueños rebajándome a la nada, mi padre borracho no me compraba gaseosa, no me explicaba, nunca supe si lo hacía a propósito o ya era así nomás, ciclos de sed, toma agua caliente, signos de fuerza entretejidos entre insultos y sabor a sangre en un oprobio».
Acá hay una cosa de alguien que escribe muy difícil, pero muy difícil de leer el texto entero. Bueno, yo lo traje pero ustedes dirán que puede ser exagerado, esto está escrito y acá al costado tiene 1’, 2’, 3’, 4’, 5’, y tiene como una marquita así, como si fuesen minutos, pero cuando yo le pregunté al que lo escribió «¿Y esto? ¿qué es?» Es muy difícil de leer, pero tiene frases que para mí son... La antojada quietud de las mojarras, tiene cosas así. Bueno voy a tratar de leer algo:
«Me quedo aquí en el sanatorio ingeniero y salgo al otro día, y me puse los anteojos a las 9:30 o a las 9:00, buen Phillips, se pone el sol y sale la disparidad, cuando la luna comenzaba la mirada de la montaña se asomaba por la puerta de mi amada y Dios la dejaba que mirara por la ventana».
Bueno, de esto hay mucho, uno de los integrantes del taller a este paciente le decía «Otra vez, Héctor, ya va a empezar con sus escritos acrobáticos».
Esto no tiene título y dice:
«Somos una suma de partículas de aquello que en nosotros comentamos, de a poco, de a poco, sumando momentos creativos dándole energía a manija a la rueda del molino, y después vemos en la alborada de nuestras puertas que fuimos como un río, que la vida es actividad, que es suma de momentos de alegría y de dolor. Porque así como una montaña necesitó millones de años para trasladarnos al paso a su estructura milenaria, así como en la tierra todo se hizo dando espacio al tiempo. Somos en la vida sumatoria. Si no se puede ser playa gigantesca, somos al menos humanos antes de castillos de arena».
Bueno, no sé si...
Rosa López: Digamos que lo interesante sería que podamos trabajar entre todos este material, que nos ha traído Manuel.
Manuel Hernández: Esto es mínimo, traje una pequeña muestra, de hecho hay muchísimo más.
Rosa López: Yo, por mi lado, quisiera comentarles que cuando Manuel se juntó con nosotros algunas veces, con nosotros, digo Silvia [Pérez] y Alicia [Lerner], con Manuel nos hemos juntado una vez por semana durante estas semanas, y bueno, al principio Manuel hablaba y no escribía y yo quería transmitir algo chiquito en el argumento de todo lo que él había estado comentando, y en realidad, me “trabuqué” bastante y sobre todo cuando quería transmitir en pocas líneas, que al final fue quitado esto, ¿cómo era esta función que Manuel nos trataba de transmitir? ¿cuál era la función de él?, es decir, puse coordinador, público, el espacio del pequeño público en el taller para otro público.
Público: Lo que pusiste fue el público como coordinador.
Rosa López: Sí, algo así. Creo que esto era parte de querer transmitir algo de lo que Manuel transmitía. Es decir, porque evidentemente me parecía que la cuestión de la función de público estaba escrita de alguna manera en lo que él comentaba, y no solamente en lo que comentaba sino en esto de haberse enganchado en presentarnos a nosotros, o sea que nosotros ahora estamos... yo hice de público la primera vez que nos juntamos, estuvimos solos, después ya se incorporaron Alicia y Silvia, pero esto fue algo que se fue entretejiendo como público. Bueno, me sigo cuestionando un poco con respecto a que por un lado sí, Manuel y Tati en principio son público de todo esto que se produce, y que producen, porque como vos lo decías hoy ellos le dieron forma y ustedes se dejaron conducir, en darle otra forma distinta a eso que se iba muriendo, como vos decías. Pero por otro lado hay muchas cosas que aparecen porque también los toman como editores, los toman hasta de escribas…